"Es ya de noche y empieza a llover. No importa si es una lluvia fina y persistente que cala hasta los huesos, o si son gruesas gotas lanzadas con furia desde el remolino de nubes que hoy oculta las estrellas: lo que importa es que está lloviendo y no llevo paraguas.
Aligerando el paso para evitar llegar a casa hecha una sopa y distraída, como siempre, de todo lo que me rodea, mis pensamientos perezosos se dirigen entonces hacia un terreno no muy frecuentado como es el sentido de nuestra existencia, y tan claro como si alguien me lo estuviera susurrando al oído, comprendo que no es muy inteligente mi enfado con algo tan natural y sencillo como la lluvia; que, como todos, este era un momento irrepetible y como tal merece ser vivido, disfrutado y aprovechado al máximo.
Y, casi sin querer, comienzo a observar a la luz tenue de las farolas los fantasmas de la noche que son las gotas cayendo, brillando como diminutos cristales. Comienzo a percibir el olor, fresco y no tan desagradable como pensaba, del asfalto mojado. Escucho el rumor de la lluvia que, presa de la gravedad, no tiene más remedio que darle la razón muriendo sobre la acera. Siento el agua fría besando mi frente y mis párpados, llegando a mis mejillas, donde se convierten en falsas lágrimas derramadas; y por último las siento brevemente en mis labios, pues en un gesto casi involuntario mi lengua, curiosa, decide conocer su sabor.
Sorprendida como me ha dejado esta experiencia super-sensorial, intento retrasar al máximo el momento de llegar a mi destino, cálido y seco, que me ofrece la seguridad de la cordura, donde la lluvia no es algo vivo con lo que puedes comunicarte, sino que es sólo agua que cae, que molesta y dificulta el tráfico.
Elijo seguir soñando despierta por las calles de la ciudad dormida, aparentemente sólo una idiota empapada que sonríe tontamente por un secreto que sólo ella cree conocer. Elijo la incertidumbre de la locura. Elijo vivir."
